XXI ORDINARIO/C.

I.- VENDRÁN Y VERÁN MI GLORIA (Is 66,18-21).

Los últimos versículos del libro del profeta Isaías, hemos de leerlos a la luz de la misión del profeta ungido y enviado (61,1-2), así como también de los oráculos sobre el templo y Jerusalén, que reflejan la actitud habitual de un culto falso y superficial que nada tiene que ver con la alianza y la ley que Dios entregó a su pueblo en el Sinaí (cfr. Ex 20,1-17; Jr 31,31;Za 6,8b). Frente a estos reproches ubicamos, en cambio, el anuncio universal de la salvación que Dios realizará al final de los tiempos, en dos momentos claves: 1.- El Señor mismo viene para reunir a todas las naciones y a todas las lenguas. Como ningún hombre puede ver el rostro de Dios sin perecer (cfr. Ex 33,18-20; Jc 6,22-23) -debido al pecado- Dios permitirá ahora contemplar su gloria, es decir, los signos de su presencia y de su acción santificadora y salvadora. De entre estos pueblos de origen pagano, saldrán algunos “escapados”, o sea, conversos que renunciaron a la fe de su propio pueblo, abrazan la fe en Yahvé y son enviados como misioneros a los países más lejanos y a las islas más remotas para anunciar la gloria del Señor, Dios de Israel. 2.- El retorno. Por medio de ellos será posible el retorno de los desterrados, pues harán nuevamente una realidad su presencia en la ciudad y en el templo como ofrenda agradable, al mismo tiempo que podrán participar en las funciones del culto, indicando, así, el llamado de todos los hombres a la salvación.

II.- VENDRÁN MUCHOS (Lc 13,22-30).

Recordemos que Jesús va de viaje a Jerusalén y que ha enviado primero a los Doce a anunciar la llegada del Reino (c. 9) y luego a los Setenta y dos discípulos con la misma encomienda (c. 10); entre las diversas catequesis ha insistido en la invitación a la penitencia como preparación a su venida. Continuando con el tema de la salvación, la catequesis de hoy parte de una pregunta que refleja el sentir de la comunidad: ¿cuántos se salvan? Estrictamente hablando tendríamos que decir que nadie se salva, en cuanto que nadie puede liberarse del pecado ni puede liberar a otro; pero si tomamos como referencia que “no hay nada imposible para Dios” (Gn 18,14; Jr 32,27; Za 8,6; Lc 1,37), tendríamos que decir que sí es posible la salvación, porque es el mismo Señor quien nos salva por medio de su Unigénito. El asunto estriba entonces, no en cuántos se salvan, sino quiénes entran a gozar de la salvación en el Reino de Dios; a este respecto, Jesús, aunque de manera indirecta, nos remite a la doctrina deuterocanónica de los dos caminos: la vida y la muerte, el bien y el mal, etc. (cfr. Dt 11,26-28; 30,15-19). Israel sabe que Yahvé ha hecho alianza con él y que su vida está en cumplir los preceptos y la ley de Yahvé; la fidelidad a la alianza y el amor a Dios constituyen los ejes rectores de la vida de todo el pueblo (cfr. Dt 30,20). San Pablo, por su parte, nos recuerda que por el bautismo y la fe en Jesucristo hemos obtenido el acceso a la gracia y estamos en paz con Dios (Rm 5,1), de modo que para alcanzar la salvación, tenemos dos opciones: cumplir o no la ley, amar o no a Dios y al prójimo. La puerta se cerrará al final de cuentas, lo importante es que estemos preparados y seamos de los muchos que vendrán para sentarse a la mesa en el Reino de Dios; el pecado nos aleja de Dios y nos deforma de tal modo, que ni el propio Creador reconoce a su criatura.

III.- FRUTOS DE PAZ Y SANTIDAD (Hb 12,5-7.11-13).

Habiendo recorrido los modelos de fe en la historia sagrada, ahora el autor nos invita a considerar la acción de Dios en nuestra propia vida y sus circunstancias, de modo que aprendamos a leer los acontecimientos en clave de salvación, no como castigo, sino como corrección que nos fortalece y nos capacita para producir los frutos de paz y de santidad, propios de los hijos predilectos de Dios.

ACTIVIDAD : 1.- ¿Qué papel desempeñas en el anuncio de la gloria de Dios?; 2.- ¿Qué estás haciendo para entrar al Reino de Dios; 3.- ¿Cómo te prepara Dios para dar frutos de paz y santidad?

MEMORIZA : “No han resistido todavía hasta llegar a la sangre en su lucha contra el pecado” (Hb 12,4). Pbro. Lic Wílberth Enrique Aké Méndez .

REFLEXIONA : La voluntad del Padre es que “todos los hombres se salven” (1Tm 2,4). Para esto ha venido Jesús: para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre. Nosotros pedimos a Dios Padre que una nuestra voluntad a la voluntad de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los Santos. Le pedimos que su benevolente designio se realice plenamente sobre la tierra, como se ha realizado en el cielo. Por la oración, podemos “distinguir cuál es la voluntad de Dios” (Rm 12,2) y obtener “constancia para cumplirla” (Hb 10,36). (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 591). “El amor no se mide por lo que se da, sino por lo que se sacrifica” ( Santo Tomás de Aquino ).

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