Los espacios abandonados son refugios para gente sin hogar.
COATZACOALCOS
SENDIC AGUIRRE
Donde ayer hubo fiesta, alcohol, música a todo volumen y muchos besos robados al amanecer, hoy todo eso se está extinto, ahora hay silencio, ropas tendidas y olor a humo de leña que arde.
Los antros abandonados del Malecón Costero, esos que alguna vez fueron sinónimo de noches de borracheras casi interminables, se han convertido en refugio para los que no tienen un techo donde vivir en Coatzacoalcos.
Entre paredes con pintura descascarada, las pistas de baile vacías son camas con colchones de cartón donde hoy se acuestan, se duermen, descansan. Los que la ciudad olvidó encontraron ahí un poco de sombra y dignidad. Lavan su ropa en cubetas y la tienden al viento del norte, para que se seque con ese olor a sal de mar que sólo la playa de Coatza sabe dar.
Por la mañana, ellos bajan a la playa. No a ver el amanecer, tampoco a ejercitarse con tenis nuevos. Recogen madera que el mar devuelve, la cargan al hombro y la usan como combustible para encender un fogón improvisado donde nace el desayuno.
Hoy le tocó a Mario. El cocinero del refugio improvisado.
Sobre una parrilla vieja, con manos curtidas, y en una sartén toda tiznada, está asando una pechuga con arroz. No es mucho, pero es para todos. Para que nadie despierte con el estómago vacío.
Mario reconoce que llegó ahí porque la vida se le quebró. Se separó de su mujer y le dejó la casa. Ahora vive del día, de lo que salga: albañil, mandadero, limpiando terrenos. Sobreviviente.
Donde hubo noches de parranda y resacas de mil horas, hoy hay una familia sin apellido, sin papeles, pero con hambre compartida.
Los antros murieron, pero sus ruinas aprendieron a abrazar.
Liberal del Sur – Periodismo Trascendente Noticias de Coatzacoalcos y el Sur de la Región