Adiós al Dr. Diego de Jesús Terán Ríos, quien falleció a la edad de los 74 años.
COATZACOALCOS
SENDIC AGUIRRE
El 5 de agosto del 2025, a los 74 años de edad, el doctor Diego de Jesús Terán Ríos cerró los ojos para siempre, tras una dura batalla contra una enfermedad oncológica. Con él no solo se va un médico, sino una figura entrañable de la medicina social en Coatzacoalcos, un ser humano que por más de cuatro décadas ejerció su vocación con una ética inquebrantable y una profunda entrega hacia los más necesitados.
Desde 1999, su dispensario médico en el corazón del mercado Morelos fue un refugio para cientos de pacientes que encontraban en su trato una mezcla de ciencia, compasión y esperanza. Ahí, en un pequeño consultorio donde ya no cabían más diplomas ni reconocimientos, el doctor Terán escribió una historia de servicio que difícilmente se podrá borrar de la memoria colectiva de esta ciudad.
UN MÉDICO DE ALMA Y CONVICCIÓN
Originario de una generación de médicos que aprendieron en la práctica tanto como en los libros, Diego Terán Ríos ejerció la medicina durante 49 años con una visión clara: la salud es un derecho, no un privilegio. Por eso cobraba consultas a precios simbólicos y, en innumerables ocasiones, regalaba medicamentos a sus pacientes, especialmente si sabía que no podían pagarlos.
“No me gusta recetar genéricos, mucho menos similares. Yo quiero que el paciente se cure, por eso receto sólo medicamentos de patente. Y si no tienen con qué comprarlos, yo los doy con gusto”, comentaba en vida, señalando con humildad las cajas donadas por representantes médicos y colegas solidarios que le ayudaban a completar los tratamientos.
CONTRA LA INDIFERENCIA Y EL OLVIDO
Terán no solo fue médico, también fue un crítico social que no dudó en denunciar las deficiencias del sistema. Participó en campañas políticas, convencido de que podía hacer más por su comunidad. Pero pronto descubrió que el interés de muchos candidatos no era la salud del pueblo, sino el capital de los votos. “Fue muy triste darme cuenta de eso”, lamentó en una entrevista.
Nunca dejó de trabajar. Atendió en la Cruz Roja, el DIF Municipal, sanatorios particulares y hasta en campañas comunitarias. Pero su alma se quedó en el mercado Morelos, donde los locatarios lo adoptaron como uno de los suyos. Allí, día con día, sanaba cuerpos y también corazones.
ÉTICA, AMOR Y ENTREGA
“El médico debe ser justo con sus pacientes. No podemos ser mercenarios de la medicina”, afirmaba con firmeza. Para él, la ética no era un accesorio profesional, sino la médula de su vocación. Enseñaba con el ejemplo que el verdadero médico no mide su éxito por el dinero que gana, sino por las vidas que logra aliviar.
Por eso, cada receta que firmaba llevaba el peso de su experiencia y el compromiso con la salud de quienes lo consultaban. Fue un estudioso incansable, siempre dispuesto a actualizarse, a seguir aprendiendo. “He logrado salvar piernas a pacientes con pie diabético porque me he seguido preparando. Pero también he tenido derrotas… a veces no podemos hacer más”, confesó con humanidad.
EL BOHEMIO DEL MERCADO
Pese a los años, conservaba un aire bohemio. Se describía así: un romántico de la medicina, alguien que entendía que la salud era el primer paso hacia la felicidad. Por eso no bastaba con curar: había que escuchar, acompañar y, sobre todo, ser sincero.
Su consultorio era también un lugar de charla, de consejo, de amistad. Allí llegaban pacientes, pero también viejos amigos, locatarios y colegas, a quienes siempre recibió con una sonrisa, a veces con anécdotas, otras con lágrimas contenidas por la impotencia de no poder salvar a todos.
UN LEGADO IMBORRABLE
La medicina cambió mucho desde que él empezó. Lo sabía y lo aceptaba. Pero también advertía con preocupación la proliferación de consultorios ligados a farmacias, donde el criterio clínico muchas veces se ve subordinado al interés comercial.
A sus colegas les pedía amor por la profesión, entrega, ética, y un corazón firme para combatir las enfermedades. “Todos somos buenos porque estudiamos, pero hay que ser leales con los pacientes, honestos… fieras en la lucha por la salud”.
Hoy, sus palabras resuenan más fuerte que nunca.
El doctor Diego Terán Ríos no fue un médico de grandes hospitales ni de lujos, pero sí fue un gigante en humanidad. Su ausencia deja un vacío difícil de llenar en el mercado Morelos y en la historia médica de Coatzacoalcos. Sin embargo, su legado está sembrado en cada paciente que curó, en cada medicina que donó, en cada sonrisa que devolvió.
Descanse en paz el doctor que no solo recetaba salud, sino dignidad.
Gracias por tanto, doctor Terán.
Descanse en Paz Diego de Jesús Terán Ríos.
Liberal del Sur – Periodismo Trascendente Noticias de Coatzacoalcos y el Sur de la Región