EL GUSANO QUE PUSO EN JAQUE A LA GANADERIA

La reaparición del gusano barrenador del ganado ha dejado de ser un incidente aislado para convertirse en una crisis sanitaria en expansión. Lo que inicialmente fue presentado como un brote controlado hoy demuestra lo contrario: el problema no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado y se ha extendido a otros estados, golpeando de lleno a la ganadería mexicana y evidenciando fallas graves en la política de sanidad animal.

Erradicado de México hace más de tres décadas, el gusano barrenador volvió para recordar que la prevención es siempre más barata que la reacción. La larva, que se alimenta de tejido vivo en animales con heridas abiertas, provoca infecciones severas, pérdida de peso, disminución en la productividad y, en muchos casos, la muerte del ganado. El daño no se limita al ámbito sanitario: sus efectos se traducen en pérdidas económicas, afectaciones al comercio exterior y un ambiente de incertidumbre en el campo.

DAÑOS QUE YA NO SON FOCALIZADOS, SIMO NACIONALES
Las afectaciones a la ganadería han sido profundas y crecientes. A la restricción y suspensión temporal de exportaciones de ganado vivo, principalmente hacia Estados Unidos, se suman los costos por tratamientos, certificaciones, inspecciones y traslados, gastos que los productores han tenido que asumir prácticamente solos.

Lo más preocupante es que la plaga ha dejado de concentrarse en regiones específicas y ha comenzado a avanzar hacia otros estados, obligando a ampliar cercos sanitarios y endurecer controles en zonas que antes se consideraban libres del riesgo. Cada nuevo foco detectado confirma una realidad incómoda: la estrategia de contención no ha sido suficiente.

Esta expansión territorial ha generado sobreoferta de ganado en el mercado interno, caída de precios y una presión económica creciente sobre pequeños y medianos productores, quienes enfrentan mayores exigencias sanitarias con menores márgenes de ganancia.

ACCIONES DEL GOBIERNO, REACCIÓN TARDÍA
El gobierno federal, a través de la Secretaría de Agricultura y de SENASICA, ha implementado diversas acciones para frenar la plaga: declaratorias de emergencia sanitaria, inspecciones, tratamientos obligatorios y la dispersión de moscas estériles, una técnica que en el pasado fue clave para erradicar al gusano barrenador.

Sin embargo, los resultados están lejos de ser concluyentes. La extensión del problema a más estados sugiere que las medidas llegaron tarde, con cobertura limitada y sin una estrategia preventiva sólida. La vigilancia en la frontera sur, fundamental para evitar la reintroducción de la plaga, se vio debilitada por la falta de recursos, personal y continuidad institucional.

Mientras desde el discurso oficial se habla de inversiones millonarias, en el terreno persiste la percepción de que la carga económica y operativa sigue recayendo en los ganaderos, quienes cumplen con las exigencias sanitarias sin recibir apoyos proporcionales.

EXPORTACIONES BAJO CANDADO
La crisis del gusano barrenador no solo impacta al mercado interno, también ha tensado la relación sanitaria y comercial con Estados Unidos, principal destino del ganado mexicano. Ante la expansión de la plaga, las autoridades estadounidenses endurecieron los controles, obligando a México a aplicar medidas extraordinarias en los estados fronterizos y sus vecinos.

Entre las acciones más relevantes se encuentra la suspensión temporal y selectiva de exportaciones desde regiones consideradas de riesgo, así como la imposición de protocolos sanitarios más estrictos. Hoy, ningún animal puede cruzar la frontera sin revisiones exhaustivas, tratamientos obligatorios y, en algunos casos, periodos de cuarentena que encarecen y retrasan el proceso de exportación.

En estados como Chihuahua, Sonora, Coahuila y Tamaulipas se instalaron corredores sanitarios, puntos de verificación permanentes y centros de inspección reforzados, controles que también se extendieron a entidades vecinas para limitar la movilización interna del ganado. Este cerco sanitario regional, aunque necesario, ha complicado la logística, generado cuellos de botella y elevado los costos operativos para los productores.

La movilización interestatal se ha vuelto lenta y burocrática. Permisos, certificados y revisiones constantes han alterado las cadenas productivas, afectando especialmente a los pequeños ganaderos, quienes muchas veces no cuentan con los recursos para cumplir con todos los nuevos requisitos.

UNA CRISIS QUE DESNUDA LA FALTA DE PREVENCIÓN
Aunque el gobierno ha defendido estas medidas como indispensables para recuperar la confianza de Estados Unidos y proteger el estatus sanitario del país, la realidad es que las restricciones llegaron cuando la plaga ya se había extendido. Esto refuerza la percepción de una política sanitaria reactiva, más enfocada en contener el daño comercial que en prevenir el sanitario.

La combinación de controles laxos en la movilidad animal, vigilancia fronteriza insuficiente y recortes presupuestales creó el escenario ideal para que el gusano barrenador no solo regresara, sino que se afianzara y avanzara territorialmente.

EL TIEMPO CORRE Y EL PROBLEMA CRECE
El gusano barrenador ya no es una amenaza potencial: es una crisis en curso que sigue expandiéndose. Mientras el problema avanza hacia nuevos estados, la respuesta institucional avanza con lentitud, y cada día sin un control efectivo se traduce en más pérdidas económicas, más sacrificio de animales y mayor desconfianza en las autoridades sanitarias.

México necesita pasar del discurso a la acción contundente: fortalecer la prevención, blindar las fronteras sanitarias, apoyar directamente a los productores afectados y tratar la sanidad animal como un asunto de seguridad nacional. De lo contrario, el gusano barrenador seguirá demostrando que, en esta batalla, va un paso adelante del gobierno.

Gabriel García-Márquez

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